Nos merecemos algo mejor

AutorJuan Manuel Carrasco – Dinamizador del Grupo de Trabajo de Educación de la FELGTB. Miembro de la Mesa de Coordinación de Educación de COGAM.
Para los hombres homosexuales, la atracción hacia otros hombres viene definida por la naturaleza de nuestra sexualidad. Formar parte de una comunidad de personas que siente atracción por miembros de tu mismo sexo no limita esa atracción solamente hacia hombres que comparten esta orientación.
Teniendo en cuenta este paradigma, no resulta sorprendente que muchos hombres famosos heterosexuales, la propia industria cinematográfica e incluso los medios de comunicación LGBTQ sexualicen de diversas maneras al hombre heterosexual para complacer a los gays. Se trata de una acción que se conoce como “queerbaiting” y para la que no he encontrado todavía una traducción adecuada en español.
Formar parte de un grupo de personas que han sido históricamente marginalizadas o conocer hombres que no se identifican con la manera desinhibida en que gran parte de los gays manifestamos nuestra sexualidad, mostrando un tímido interés hacia ello, puede ser leído como reconfortante o incluso suficiente por mucha gente. Y debido a que con frecuencia a los hombres homosexuales se nos califica como pervertidos o desviados, ouede resultar reafirmante o digno de orgullo contar con personas que, aunque no pertenecen a nuestro colectivo, exploran algún aspecto de la homosexualidad de vez en cuando.
El queerbaiting se fundamenta en el atractivo que tiene la masculinidad de los hombres cisgénero heterosexuales y la expone delante de la audiencia gay a modo de una enorme zanahoria arco iris. Se trata de una serie de acciones o prácticas dirigidas a los deseos de los hombres homosexuales, que se perciben como un ejemplo de consideración o solidaridad hacia ellos. Son gestos que parecen pretender mostrar tolerancia o simpatía hacia nuestra cultura o nuestro colectivo.

A inicios del año 2017, la ceremonia de entrega de los Golden Globes mostró un aparentemente gracioso comienzo protagonizado por el presentador Jimmy Fallon, a la hora de parodiar la película La La Land. Mostraron a un Fallon enamorado de Justin Timberlake y millones de espectadores rieron mientras ambos hombres bailaban en una actitud amorosa entre las estrellas. En la actualidad podemos considerar este tipo de acciones como homófobas -en cuanto implica que la homosexualidad es intrínsecamente digna de burla- y forma parte de una, esperemos, práctica en desuso.
El hecho es que muchos hombres cisheterosexuales que se ven envueltos en este tipo de acciones no llegan a percibir esto como un escenario que legitima y refuerza su privilegio heterosexual. Los hombres heterosexuales, sean famosos o no, que se implican en este tipo de acciones suelen llegar a un límite hasta donde, en su opinión, la homosexualidad está bien vista, es divertida o les reporta notoriedad y es fácil luego regresar a sus hábitos de vida cisheterosexual sin afrontar demasiados riesgos.
La comodidad con que los hombres cishetero afrontan la cuestión del “¿pero son o no lo son?” supone que tanto los derechos LGBTQ como la tolerancia hacia lo gay está evolucionando a gran velocidad. No quiere esto decir que no exista homofobia, pues en unas pocas generaciones hemos visto cómo se obstaculizaba rápidamente todo lo referente a la sexualidad y su exploración, hasta llegar a la situación actual, que camina rápidamente hacia su normalización en gran parte de las sociedades occidentales. Los miembros del colectivo LGBTQ nos hemos movido, en cierto modo, al margen de una sociedad en la que una mirada fuera de lugar podía costarte la vida y donde ahora, en muchos casos, la expresión de nuestra orientación afectivo sexual se llega a considerar casi como una medalla de honor.
A pesar de todos estos avances, la sociedad en la que vivimos todavía se centra principalmente en constructos heteronormativos y debido a ello, concedemos a los hombres cisheterosexuales el poder de utilizar nuestra sexualidad de la manera que quieran. Hemos estado permitiendo a personas heterosexuales el derecho a apropiarse de nuestra identidad porque se sienten con derecho a representar cómo nos desenvolvemos por el mundo adelante. Se les permite recoger cuantos beneficios puedan a expensas de personas homosexuales a quienes todavía se les niega algunos derechos humanos básicos.
En otros grupos minoritarios, como las comunidades negra, latina, musulmana o gitana, ver a personas ajenas a su cultura intentando complacerles o participando en la escenificación de sus tradiciones como un símbolo de solidaridad, se considera ofensivo.
Estas comunidades minoritarias suelen mostrarse muy cautelosas frente a quienes
adoptan su cultura o intentan contarles sus propias historias, y con razón. Estas culturas y nuestra cultura LGBTQ han sido reapropiadas, blanqueadas y subestimadas por culturas mayoritarias durante siglos.
Muchos hombres gays se tragan estos supuestos guiños de complicidad que se ejercen por figuras relevantes e influyentes de una sociedad cisheterosexual y debido a ello, nuestros propios medios de comunicación LGBTQ y la industria cinematográfica continúan haciendo uso de ellos. Jugando con lo que se presume como deseo masculino homosexual -por asimilación al deseo masculino heterosexual- y algún desesperado deseo de reafirmar su masculinidad, los hombres heterosexuales han sido capaces de sacar provecho de nuestra sexualidad de la manera más superficial -simplemente por contraposición frente a nuestra mera existencia. Famosos como Nick Jonas se han aprovechado tanto de sus acciones de queerbaiting que llegó a ser portada del número especial del mes del orgullo de la revista OUT en 2016. Algo inimaginable tanto entonces como hoy en día.
Esta cultura queerbait inmediatamente se traduce en como las historias que obtienen mayor reconocimiento dentro de nuestra comunidad, en la industria cinematográfica o la sociedad en general, son aquellas que se cuentan a través de actores heterosexuales. Call Me by your name, Moonlight, Dallas Buyers Club y Harvey Milk tienen como protagonistas principales o secundarios a actores heterosexuales que desarrollan papeles homosexuales. Hombres heterosexuales que representan papeles homosexuales hurtan la oportunidad a actores gay de contar historias con las que tienen una experiencia personal real.
Y gracias a la  generalización de la cultura neoliberal, que premia la normalización por encima de la identidad individual, resulta todavía inapropiado que hombres gays hagan demasiado ruido sobre este asunto. Los hombres cisheterosexuales son galardonados por haberse sacrificado por su carrera y además, se espera que la comunidad LGBTQ esté agradecida por este sacrificio, como si estuviésemos todavía en el siglo pasado. Esto no nos beneficia, simplemente erosiona nuestras reivindicaciones de igualdad y reconocimiento de nuestros derechos.
Además, la mayoría de los hombres que representan esos papeles de personajes homosexuales en las películas de Hollywood no son verdaderos aliados de la causa LGBTQ. Reciben sus Oscars y una gran atención mediática y rápidamente desaparecen del discurso político. Eso no es solidaridad, sino gente que se acerca a la cultura gay sin comprometerse realmente con la causa. En el mejor de los casos, se trata de un llamativo gesto para mostrarse solidarios hacia nuestra comunidad y concienciar de los peligros y riesgos que todavía afrontan los hombres gays. En el peor, se están aprovechando de nuestra identidad para  obtener ganancias de taquilla y elogios profesionales mientras miran de reojo a nuestra lucha diaria.
Caminar durante un trecho en la piel de un hombre gay y después volver corriendo al lugar de partida no es solidaridad. Es lo que podemos llamar explotación de una realidad que goza en la actualidad de gran visibilidad. Nosotros, como comunidad LGBTQ, no solamente merecemos más, sino que no deberíamos sentirnos  incómodos a la hora de exigir nuestros derechos.
 
No deberíamos conformarnos o expresar gratitud a estos actores por dar un paso adelante y ser “lo bastante valientes” para aprovecharse (tanto económica como profesionalmente) del dolor de nuestra comunidad a cambio de una cierta pérdida de su dignidad personal, mientras no recibimos nada a cambio. Es una afrenta a nosotros mismos. No sé cómo lo veis los demás.